Mural de Diego Rivera en el Palacio Nacional, mostrando las anteriores tres transformaciones que ha tenido Mexico

 

Para la creación de esta magnánima obra Rivera inició los trabajos hacía 1929, en el cubo de la escalera principal del Palacio donde resumió su concepción de la historia de México: en el ala norte de este cubo plasmó la cultura tolteca como una civilización majestuosa y representativa de la época clásica prehispánica. En la parte central se ubica un hombre blanco con barba a quien lo rodea su pueblo, él es el sacerdote Quetzalcóatl, quien enseñó a su pueblo artes, oficios y leyes justas. Al enfrentarse a varios problemas durante su reinado, éste se vio obligado a partir hacia el este, escena que se aprecia en la parte superior de este espacio. En la zona central Rivera plasmó un sol invertido y un volcán en erupción, de donde emerge el dios Quetzalcóatl en forma de serpiente emplumada, su significado en náhuatl.

 

En el mural también se puede ver al Tlatoani quien supervisa cada movimiento. Del otro lado hay comerciantes y un contingente comprando e intercambiando productos como plumas, animales y metales. Detrás de la multitud se encuentran templos y edificaciones propias de la antigua capital azteca, como el Templo Mayor. El corredor norte está reservado para distintas escenas de la vida cotidiana prehispánica. Encontramos, por ejemplo, el Mercado de Tlatelolco, con sus habituales transacciones a través del trueque.

Rivera fue ovacionado tras la creación de estos murales por la crítica, quien le celebró la precisión e inclusión de tantos elementos representativos, sin olvidar a la clase trabajadora. Esta obra en particular tiene la carga de la historia de México ya que, además de su evidente hermosura, contiene la historia visual de nuestra esencia y forma parte de nuestra identidad nacional.

 

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